España: territorio dron

Las carreras de drones ya mueven premios millonarios. En julio y septiembre, España será sede de dos competiciones internacionales que reunirán a cientos de pilotos. Pero los drones son mucho más. Sus usos empresariales crearán 250.000 empleos hasta 2050, según la Unión Europea. Despega un nuevo negocio. Y España está en la pista.

Me siento Superman. Vuelo entre los árboles, esquivo obstáculos. Vas al filo de la navaja, sientes el riesgo. Es adrenalina pura». Javier Verdegay, almeriense de 29 años, se convierte casi a diario en Javi ‘el Verde’. A su amigo Daniel Pachón le ocurre algo similar. «La sensación de libertad al volar es increíble», asegura este pacense de 28 años también conocido como Dani ‘Pachá’.

El Verde y Pachá no poseen superpoderes, aunque pueda parecerlo. La clave de su excitación se les apareció en noviembre de 2014 en forma de vídeo en YouTube. Allí descubrieron a un grupo de amigos que, en un bosque de la localidad francesa de Argonay, celebraba la primera carrera de drones con gafas First Person View (FPV), un dispositivo que, a través de la cámara del dron, traslada a los ojos del piloto una imagen real y en tiempo real.

El invento empujó entonces un sector, el de los drones para vuelos recreativos, cuya evolución ha sido meteórica, tanto desde el punto de vista tecnológico como en número de pilotos, y que aspira a convertirse en breve en una especialidad deportiva. «En menos de un año tendremos algo similar a la Fórmula 1, solo que a tres metros del suelo y a 130 kilómetros por hora», vaticina Richard Vinuesa, director de la primera carrera oficial de drones que se celebrará este año en España.

La FPV Racing Spain, que tendrá lugar en El Escorial, en Madrid, el 2 y el 3 de julio, reunirá a más de 100 pilotos y será clasificatoria para la final europea que se celebrará en Ibiza el 29 de septiembre. El siguiente paso será la World Drone Racing Championships, el 17 de octubre, en Hawái, que convertirá a los ganadores, en diferentes categorías, en campeones del mundo, además de aumentar sus cuentas corrientes en 200.000 dólares. «Será un deporte que moverá masas. ¡Seguro!», asegura con entusiasmo Santiago Bellver, presidente de la Asociación Española de Drones y Afines (Aedron) y abogado experto en Derecho Aeronáutico.

El ojo que todo lo ve 

Las carreras son, en todo caso, apenas uno más de los crecientes usos que se puede dar a un dron palabrita que, por cierto, significa ‘zumbido’ en inglés, aparte de la función bélica con la que suelen asociarse de forma mayoritaria. Los drones, por ejemplo, ya realizan labores de inspección industrial de diversas infraestructuras como molinos de viento, paneles solares o tendidos eléctricos, así como tareas de vigilancia, monitorización de todo tipo de actividades, en cartografía y en agricultura e incluso para salvamentos.

Todo un mercado que en España apenas existía en 2014, cuando entró en vigor la primera normativa sobre el uso de drones civiles. Desde entonces han surgido 1287 operadores con un total de 2326 drones registrados, según la Agencia Estatal de Seguridad Aérea (AESA). La cifra, sin embargo, o así lo asegura Bellver, no refleja el panorama real. Según el experto, la sed de entrar en este nuevo y promisorio sector de los drones civiles hace que «el número de empresas que operan de forma ilegal sea cinco veces mayor».

La alegalidad

El descontrol no es, por cierto, el único aspecto negativo de la expansión desenfrenada. También lo es la venta de drones sin la exigencia de un registro. «Se estima que, desde el año pasado, se han vendido alrededor de 50.000 drones en España revela Bellver. Está muy bien legislar, pero hay que hacer que la ley se cumpla. El sector debe crecer bien y ordenadamente».

Algo que, de momento, no sucede. Los drones comerciales que operan legalmente llevan una placa con su número de serie y los datos de la empresa operadora. En el resto, es decir, la mayoría, es imposible identificar al propietario. En los 22 meses que la normativa lleva en vigor se han cerrado 35 expedientes, que sumaron 250.400 euros de multas por, sobre todo, volar en zonas no permitidas. Eso no significa que no haya habido más infracciones a la legislación, que prohíbe operar drones por la noche, en lugares poblados, cerca de aeropuertos o a una altura superior a 120 metros.

Normas casi todas que fueron violadas recientemente cuando tres drones volaron a unos 900 metros de altura interponiéndose en la trayectoria de descenso de un Airbus 320 con 168 pasajeros proveniente de Fráncfort hacia el aeropuerto de Bilbao. Por suerte, el piloto de Lufthansa consiguió esquivarlos, pero, al cierre de esta edición, la Ertzaintza no había localizado a sus propietarios. Esa misma semana, un cuadricóptero impactó contra otro Airbus 320, esta vez de British Airways, que volaba con 120 pasajeros entre Ginebra y Londres, cuando se preparaba para aterrizar en Heathrow. Y en febrero ocurrió algo similar cuando una aeronave de Air France iniciaba la aproximación al aeropuerto Charles de Gaulle de París.

El peligro es evidente cuando la persona que controla el aparato ignora las normas y el sentido común. La normativa española, en todo caso, es considerada demasiado restrictiva. Prohíbe volar en zonas urbanas y exige que el dron, siempre con un peso inferior a 25 kilos, esté dentro del alcance visual del piloto y a una distancia de este no mayor de 500 metros. Pero el mercado tiende a extenderse y ya se estudia una nueva normativa que amplía las zonas permitidas de vuelo, al mismo tiempo que se asegura de cerrar una mayor responsabilidad de sus propietarios.

Más del negocio

En una década, el negocio representará el diez por ciento de la facturación del sector aeronáutico, según las previsiones de la Comisión Europea: supondrá un volumen de negocio de unos 15.000 millones de euros anuales y la creación de 250.000 empleos para 2050.

España, quinta industria aeronáutica europea por facturación, tiene entre manos un proyecto pionero en Europa con 135 millones de euros de inversión: la construcción, en Lugo, del primer polo tecnológico e industrial de drones civiles. El programa, aún sin fecha de puesta en marcha, ha sido adjudicado a la española Indra y a la británica Inaer. El objetivo es crear proyectos de I+D orientados a apagar fuegos, vigilancia costera y detección de vertidos en el mar. Y generará 600 puestos de trabajo. Vacantes que deberán ser cubiertas por nuevos profesionales.

Enseñar a pilotar

En este sentido, el mercado de la formación no se cruza de brazos. La oferta de cursillos de piloto de drones es enorme se han establecido 65 ATO (escuelas de formación reconocidas por AESA) y los precios varían entre 400 y 6200 euros. La Universidad de Cádiz (UCA), sin embargo, va más allá de las enseñanzas de pilotaje al crear el primer título de Experto Universitario en Vehículos Aéreos No Tripulados y Sus Aplicaciones. La primera promoción se gradúa este año. Se trata, entre otros perfiles, de médicos, ingenieros, arquitectos, abogados o expertos medioambientales que quieren ampliar sus campos de actuación.

«Crece una nueva industria alrededor de los drones que demanda especialistas explica Luis Barbero, responsable del Servicio de Drones para la Investigación de la UCA. Se puede trabajar en topografía, fotografía, agricultura, patrimonio, museos… Hay un nicho muy importante de trabajo». Los drones son ya mucho más que un juego.

El piloto

Los drones de competición se conducen con gafas First Person View (FPV). El jugador ve la imagen que transmite la cámara del dron con las gafas, explica este piloto, Javi el Verde, «sientes cómo tu cuerpo se aleja de ti y matiza: no es realidad virtual». Los espectadores pueden llevar sus propias gafas y experimentar lo mismo. Si no, pueden ver la carrera a través de las pantallas gigantes que, con tomas desde diferentes ángulos (incluidas las que el propio dron brinda), procuran ‘acercar’ esas sensaciones.

Para competición

Los hermanos Adrián y Miguel López. Un dron FPV Racing cuesta entre 200 y 350 euros; las gafas, 350 euros; y el mando a distancia, otros 350.

Las carreras están en auge. Prueba de ello fue la competición que tuvo lugar en marzo en Dubái. Con un presupuesto de cuatro millones de dólares un millón en premios, la Word Drone Prix se convirtió en el mayor evento de cuadricópteros de carreras celebrado hasta la fecha. Patrocinadores, técnicos y mecánicos de drones, paradas en boxes… Dani Pachá y Javi el Verde también estuvieron. Aunque no pudieron con el británico Luke Bannister, un adolescente de 15 años que se embolsó 250.000 dólares como campeón y que volverá a medir sus fuerzas con los españoles en El Escorial. Las competiciones con premios generosos han supuesto un gran avance en el desarrollo de esto que, hace un año, era llamado «el deporte del futuro».

Todo, en juego. Dani Pachá con uno de sus aparatos.

Cuidado. Los drones son resistentes, de fibra de vidrio; el mantenimiento no es caro. Eso sí, cada batería cuesta 20 euros. Y cada piloto suele tener cinco baterías.

Negocio a la vista. Hace un año se inventó un soporte para colocar sobre los drones las marcas de los patrocinadores; en Estados Unidos ya se retransmiten algunas carreras por televisión.

Para Salvamento

Los drones se usan ya en cartografía, agricultura y salvamentos. «El terreno que pueden peinar cinco o seis personas en media hora, un dron lo hace en cinco minutos. En un salvamento, el tiempo es crucial», explica Santiago Bellver, dueño de una operadora de drones cuyos aparatos barrieron montañas y acantilados hace unas semanas, hasta hallar caído en un río seco a un enfermo de alzhéimer de 83 años al que la Guardia Civil llevaba dos días buscando. Son los drones conocidos como UAV, UAS, RPA o RPAS y tienen poco que ver con los de carrera. Los de competición son manuales: si sueltas el mando, el aparato se cae. Los drones civiles, sin embargo, llevan incorporadas baterías de repuesto, antenas para GPS y sistemas antifallo o de retorno automático a la base.

¡Hallado! En un monitor el equipo de salvamento ve en directo lo mismo que el dron.

Texto original: “http://www.finanzas.com/”, “Priscila Guilayn – XL Semanal” 

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